Gestión Deportiva

Deporte = Rentabilidad


La inseguridad en los escenarios deportivos aumenta, la educación pasa a un segundo plano y el respeto por el deporte y la persona desaparece. ¿Cómo afecta esto al ambiente deportivo?

En la actualidad, el deporte ha trascendido las barreras de sus actores envolviendo en su entorno a fanáticos o simpatizantes de toda índole. Estas personas, son los hinchas y, son parte fundamental del espectáculo, el ambiente de un estadio lleno, las calles atestadas de gente emitiendo vítores a los participantes, los cánticos de apoyo a sus preferidos, los aplausos por el esfuerzo realizado... Todos estos elementos convierten al deporte en un “juego” apasionante.

Pero, ¿qué sucede cuando este “sentimiento apasionado” degenera en una conducta que transgrede el normal desenvolvimiento del juego? ¿Cuándo la conducta del aficionado abandona los cánones normales del buen comportamiento y el respeto mutuo? ¿Cuándo el sentimiento de la victoria o la derrota nos llevan a cometer actos que atentan contra nuestra saluda mental y física?

La sociología aplicada al deporte reconoce tres problemas principales: Fanatismo, Racismo y Violencia.

Estos males atentan contra los valores que el deporte representa mediante su premisa de “Juego Limpio” dentro y fuera de la cancha.

El fanatismo es la principal causa de rivalidad entre los hinchas. El amor o sentimiento de simpatía que se profesa por determinado equipo son la base de un sin fin de alegrías y tristezas que van de la mano con los resultados deportivos que este obtiene.

Es este sentimiento de identificación por ciertos colores los que llevan al hincha a sesgar su pensamiento siempre en defensa de su equipo.

Esta defensa es normal siempre y cuando sea concensuada en aceptar y otorgar puntos a favor y en contra del equipo preferido y del rival, lastimosamente, el fanatismo elimina este tipo de razonamiento convirtiendo al hincha en un individuo propenso a la violencia.

Otra característica propia del fanatismo es el apego incondicional al equipo para ofrecerle su apoyo. Este apoyo, correctamente canalizado se traduce en un sostén moral para los jugadores que sienten el respaldo de su público. Es este mismo respaldo el que se torna inadecuado cuando debido a los resultados deportivos, pasa de vítores a insultos, insultos que merman la estabilidad mental del deportista al sentirse rechazado y por ende, su respuesta física se ve afectada. El efecto que se produce es el contrario y el fanático deja de ser un apoyo para convertirse en una carga. Desafortunadamente esta carga llega a envolver a todos los miembros de la familia ya que se ven afectados por un bajón anímico que incluso ocasiona un cambio en las actividades normales de la familia, supeditada más allá de la incomodidad debido a la fama.

El fanatismo no puede ni va a ser eliminado y tiene un sólido y corto nexo con la violencia.

Las barras bravas no solo apoyan y defienden a su equipo dentro de la chancha; fuera de la misma se vive una batalla de nervios que ocasiona rivalidades muy marcadas, difíciles de superar y controlar. Los enfrentamientos son continuos debido a la mala organización y control presente en los escenarios deportivos. En este sentido, las barras y sus integrantes no colaboran para mantener el orden y por lo general el “intercambio” de objetos desata o desemboca en enfrentamientos generales que incluso han ocasionado la pérdida de vidas humanas.

Estos enfrentamientos se han vuelto más frecuentes debido a las conocidas “emboscadas” que tienen como finalidad la captura de un objeto preciado por la barra contraria. Actualmente las medidas de precaución no van más allá del incremento de efectivos de la policía nacional, separación o distanciamiento de grupos considerados violentos o su retención en los escenarios al final del compromiso para evitar un posible encuentro “fortuito”.

La seguridad en los escenarios deportivos debe reforzarse con la ayuda tecnológica como cámaras de seguridad enfocadas en los asistentes para identificar “hinchas” violentos. Debe procurarse que los causantes de los desmanes sean vetados del ingreso a escenarios deportivos de por vida.

De ser posible, la instalación de pantallas gigantes con circuito cerrado que transmitan en tiempo real imágenes de revoltosos a todo el estadio para que puedan ser identificados y sobre todo para facilitar su desalojo.

Existen varios aspectos importantes que no son considerados con la importancia del caso al interior de los escenarios deportivos, por ejemplo, las baterías sanitarias deben ubicarse y asignarse en lugares separados, generalmente en el entretiempo, son el principal punto de encuentro entre barras contrarias lo que incrementa las posibilidades de enfrentamientos.

Ubicar a las barras en lugares distintos del estadio y sobre todo evitar su encuentro en las afueras de mismo y a la entrada al designarlas en localidades separadas disminuirá considerablemente el índice de enfrentamientos.

El control debe reforzarse antes, durante y después de los compromisos deportivos, si bien es cierto los miembros de la policía nacional que acuden al estadio lo hacen la mayoría de las veces como voluntarios debido a que los compromisos son generalmente en fines de semana, su labor debe ser cien por ciento profesional para mantener el control de la situación. Muchas veces los oficiales son espectadores y el control sobre los asistentes deja de ser totalmente eficiente.

Los jugadores, los responsables directos del espectáculo como tal, son los más indicados para liderar campañas anti-violencia, son líderes de opinión y sus recomendaciones para mejorar el espectáculo son generalmente acogidas de mejor manera que si lo fueran emitidas por autoridades de cualquier índole.

Este tipo de campañas no deben ser enfocadas únicamente contra la violencia, deben abarcar también un aspecto social que últimamente ha tomado mucha fuerza y es repudiado a cualquier nivel. El racismo.

El racismo es un enemigo interno del deporte, está inmerso en cada persona dependiendo de sus creencias, educación y formación. La lucha contra el racismo está planteada en todo el mundo y sobre todo, busca la igualdad entre todos los deportistas, ya sea a nivel profesional o amateur. La confraternidad y camaradería propia y característica de los equipos debe ser la base de un sistema que erradique el racismo no solo de los escenarios deportivos sino de la sociedad en sí. Sin importar la raza, el lugar de nacimiento o idioma, debe primar el respeto y apoyo entre compañeros. El saneamiento de asperezas debe enfocarse entre los principales aspectos a resolverse para generar un verdadero espíritu de equipo, traducible al aficionado como una práctica que debe ser emulada.

Son los aficionados quienes con el afán de apoyar a su equipo dejan de lado completamente el respeto al ser humano, al deportista, al prójimo y al vecino para proferir improperios denigrantes que incrementan la rivalidad entre barras contrarias y afectan al deportista debido a su carácter de despectivos.

Usualmente, son los deportistas de color el principal objetivo de los ataques racistas y en muchos casos la “idolatría” de estos deportistas se ha roto en pedazos de un momento a otro debido a un impasse deportivo unido al hecho de ser de diferente raza. Las voces de protesta no se han hecho esperar y los involucrados han tomado medidas que incluso han provocado la suspensión de la competencia en la que se encontraban participando. El malestar ha sido evidente y la contra-respuesta tardía y poco difundida para evitar que estos inconvenientes vuelvan a suceder.

No podemos ser indiferentes ante esta realidad por lo que es menester emprender una campaña que evoque al buen sentido común y elimine estas barreras sociales que empañan el deporte y eliminan el “juego limpio” de las canchas. La mejor herramienta que puede emplearse es la comunicación mediante los deportistas como líderes de opinión sobre un deporte más sano, competitivo y sobre todo libre de elementos anti-deportivos…

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